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LA MANZANA PERFECTA

Apenas había concluido Nasruddin su alocución cuando un bromista de entre los asistentes le dijo: "En lugar de tejer teorías espirituales,
¿por qué no nos muestras algo práctico?"
El pobre Nasruddin quedó absolutamente perplejo: "¿Qué clase de cosa práctica quieres que te muestre?", le preguntó.

Sastisfecho de haber mortificado al mullah y de causar impresión a los presentes, el bromista dijo: "Muéstranos, por ejemplo, una manzana del jardín del Edén"


Nasruddin tomó inmediatamente una manzana y se la presentó al individuo. "Pero esta manzana", dijo éste, "está mala por un lado. Seguramente una manzana celestial debería ser perfecta"
"Es verdad. Una manzana celestial debería ser perfecta", dijo el mullah. "Pero, dadas tus reales posibilidades, esto es lo más parecido que jamás podrás tener a una manzana celestial".

¿Puede un hombre esperar ver una manzana perfecta con una mirada imperfecta?
¿O detectar la bondad en los demás cuando su propio corazón es egoísta?


De El canto del pájaro, de Anthony de Mello

EL PEQUEÑO PEZ

Buen día! Hoy les dejo otra historia, que siempre me ha encantado.

EL PEQUEÑO PEZ
«Usted perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado».
«El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo».
«¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano», replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.



Se acercó al Maestro, vestido con ropas sannyasi y hablando el lenguaje de los sannyasi: «He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas las partes donde Él mismo ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los pobres».
«¿Y lo has encontrado?», le preguntó el Maestro.
«Sería un engreído y un mentiroso si dijera que sí. No; no lo he encontrado. ¿Y tú?».


¿Qué podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba la habitación con sus rayos de luz dorada.
Centenares de gorriones gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana. A lo lejos podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar... Y sin embargo, aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a
Dios, que aún estaba buscándolo.
Al cabo de un rato, decepcionado, salió de la habitación del Maestro y se fue a buscar a otra parte.


Deja de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, abrir tus ojos y mirar.
NO PUEDES DEJAR DE VERLO. 


De El canto del pájaro de A.De Mello